ue el fin del mundo tendría lugar en 2000, pero llegó ese año y no pasó nada. Sin embargo, según los fatídicos augurios de otras tantas profecías, no podemos relajarnos mucho. El cambio climático, la guerra contra el terrorismo internacional y las amenazas procedentes del cielo son algunos de los nuevos jinetes del Apocalipsis. ¿Hay un resquicio para la esperanza? ¿Es todo un mito? ¿Qué nos aguarda a corto plazo?Hace algunos milenios alguien, rompiendo las barreras lógicas y las espaciotemporales, tuvo una visión, una revelación que atribuyó a entidades sobrenaturales, a las que se responsabilizaba de todo cuanto no se comprendía. La comunicó a los miembros de su tribu y aguardaron a que se cumpliera. Así nació la profecía. Si las visiones eran nefastas, los pueblos invocaban a sus dioses para obtener su protección o el aplazamiento de los malos designios. Desde entonces las cosas no han cambiado tanto.

“Los mitos hablan de un origen, de un punto de partida. Todas las cosmogonías han justificado la creación y la aparición del ser humano sobre la Tierra de una u otra forma. Y la mayoría, aceptando ese punto, cree que un día habrá un final, cree que se concluirá un ciclo. La vida que un día nació un día morirá. Y la responsabilidad de que suceda está en manos de los dioses, que, al fin y al cabo, también fueron los creadores”. Veamos dos ejemplos de ello: numerosas tribus de Oceanía conservan la creencia de que el mundo será destruido por el fuego o las aguas, dos de los elementos con los que puede fusionarse el alma o la esencia del ser vivo tras la muerte para unirse con la Divinidad. Por su parte, los persas –en concreto, los seguidores del zoroastrismo– creían que el fin de los tiempos llegaría a través del fuego. Desde el punto de vista profético debemos distinguir entre dos finales: el de la Tierra y el de la humanidad. Nuestro planeta ya ha vivido otras extinciones: por ejemplo, la de los dinosaurios hace 65 millones de años. En tradiciones como la inca, la maya, la hopi y otras de carácter chamánico, el fin se contempla como una purificación, como un punto y seguido. El plane
ta y sus elementos se “recolocan”, evolucionan o incluso castigan al ser humano que lo maltrata. Después, la vida sigue, aunque no para todos. En cambio, para la tradición judeocristiana, que tantos profetas y tantos augurios nos ha dejado, el fin es total, devastador, y procede del exterior. Se supone que una entidad sobrenatural nos castigará y extinguirá la vida. Ahora bien, en nuestro caso, de no ser por el Apocalipsis de San Juan, ¿donde quedarían las profecías apocalípticas?






